Fomentar la lectura
[ 24 de septiembre de 2010 ]
 
 
 

Desde hace años, la lectura viene siendo un motivo importante de preocupación por parte de las autoridades educativas. Desde donde se ha aprobado un Plan de Fomento de la lectura. Desde todos los sectores se apoya este Plan, aunque algunos consideran insuficiente la dotación económica prevista, teniendo en cuenta los amplios objetivos que se propone. Todo el mundo está de acuerdo no sólo en destinar más medios a las bibliotecas y a la formación del profesorado, sino en que la lectura debe integrarse dentro del horario escolar como una actividad más. Eso mismo propusieron hace unos meses los responsables de la Federación para la Modernización de España, que organizaron la jornada «Cambios pedagógicos y fracaso escolar». Entre sus recomendaciones para paliar el galopante fracaso escolar, que afecta a cerca del 25% de los alumnos españoles, señalaban: «Todos los alumnos dedicarán una hora diaria en primaria y dos semanales en secundaria a la lectura de cuentos y de libros de acuerdo con su edad». Y también aconsejaban involucrar a los padres: «Se animará a los padres para que dediquen quince minutos diarios a leer con sus hijos cuando estén escolarizados en las etapas de Infantil y Primaria».

No es fácil dar con una receta que cambie sustancialmente la situación, que afecta tanto a la población adulta como a los estudiantes, y que no es nueva en el panorama español. En general, hay coincidencia en resaltar los saludables beneficios que proporciona la lectura para los alumnos, pero en este asunto, por motivos muy diversos, existe una gran separación entre la teoría y la práctica. Convertir en realidad estos anhelos ha sido siempre complicado, pues nadie pretende que la lectura se considere una actividad obligatoria: sería contraproducente. Ya decía hace años el escritor Daniel Pennac que «el verbo leer no soporta el imperativo».

Es cierto que la escuela puede hacer mucho, pero los lectores iniciados en la escuela corren el peligro de abandonar, sobre todo si la familia no echa una mano. Y al revés, hay familias que intentan introducir en sus hijos una sólida afición por la lectura y ven cómo la pierden poco a poco en el colegio, por el desinterés de los compañeros y la apatía de algunos docentes que han tirado la toalla. Es evidente el papel primordial de los profesores en el éxito de planes de este tipo. Sin embargo, los profesores, especialmente los de Lengua y Literatura, ven cómo se les carga con más responsabilidades a la vez que se reducen las horas para su asignatura en el plan de estudios, aunque el reciente Decreto de Enseñanzas Mínimas mejora esta situación. De todas formas, parece cierto que una elevada Fomentar la lectura

Desde hace años, la lectura viene siendo un motivo importante de preocupación por parte de las autoridades educativas. Desde donde se ha aprobado un Plan de Fomento de la lectura. Desde todos los sectores se apoya este Plan, aunque algunos consideran insuficiente la dotación económica prevista, teniendo en cuenta los amplios objetivos que se propone. Todo el mundo está de acuerdo no sólo en destinar más medios a las bibliotecas y a la formación del profesorado, sino en que la lectura debe integrarse dentro del horario escolar como una actividad más. Eso mismo propusieron hace unos meses los responsables de la Federación para la Modernización de España, que organizaron la jornada «Cambios pedagógicos y fracaso escolar». Entre sus recomendaciones para paliar el galopante fracaso escolar, que afecta a cerca del 25% de los alumnos españoles, señalaban: «Todos los alumnos dedicarán una hora diaria en primaria y dos semanales en secundaria a la lectura de cuentos y de libros de acuerdo con su edad». Y también aconsejaban involucrar a los padres: «Se animará a los padres para que dediquen quince minutos diarios a leer con sus hijos cuando estén escolarizados en las etapas de Infantil y Primaria».

No es fácil dar con una receta que cambie sustancialmente la situación, que afecta tanto a la población adulta como a los estudiantes, y que no es nueva en el panorama español. En general, hay coincidencia en resaltar los saludables beneficios que proporciona la lectura para los alumnos, pero en este asunto, por motivos muy diversos, existe una gran separación entre la teoría y la práctica. Convertir en realidad estos anhelos ha sido siempre complicado, pues nadie pretende que la lectura se considere una actividad obligatoria: sería contraproducente. Ya decía hace años el escritor Daniel Pennac que «el verbo leer no soporta el imperativo».

Es cierto que la escuela puede hacer mucho, pero los lectores iniciados en la escuela corren el peligro de abandonar, sobre todo si la familia no echa una mano. Y al revés, hay familias que intentan introducir en sus hijos una sólida afición por la lectura y ven cómo la pierden poco a poco en el colegio, por el desinterés de los compañeros y la apatía de algunos docentes que han tirado la toalla. Es evidente el papel primordial de los profesores en el éxito de planes de este tipo. Sin embargo, los profesores, especialmente los de Lengua y Literatura, ven cómo se les carga con más responsabilidades a la vez que se reducen las horas para su asignatura en el plan de estudios, aunque el reciente Decreto de Enseñanzas Mínimas mejora esta situación. De todas formas, parece cierto que una elevada proporción de aficionados a la lectura lo son por el ejemplo y el empeño de algún profesor. En este sentido, la inversión en bibliotecas y en formación específica para el profesorado puede ser decisiva. Si a esto se añade el entusiasmo y la imaginación de un buen número de docentes que ya están poniendo en práctica interesantes iniciativas, cabe ser optimista.

El informe elaborado por la Federación de Gremios de Editores de España tenía como objetivo principal conocer los hábitos de compra de libros de los españoles. De pasada, habla también de cuánto y qué se lee. El 42% de los encuestados se califican como no lectores; el 36%, lectores frecuentes (leen libros alguna vez a la semana); el 22% son lectores ocasionales (leen alguna vez al mes o al trimestre). Se confirma que las mujeres leen más que los hombres, aunque la diferencia es pequeña. Los que más leen son los de 16 a 24 años, seguidos de los de 25-34 y los de 35-44. Los que menos, las personas de más edad. Quienes tienen título universitario son los que prestan más atención a la lectura. Los parados y los estudiantes leen más que las amas de casa o los jubilados. Por géneros, la novela sigue siendo la opción más elegida (83%), seguida de historia (28%) y cocina y salud (16%). Sólo el 7,6% de los entrevistados leen ensayos. El 30% de los encuestados no compran ningún libro al año; el 35% compran de uno a cinco. Compran más las mujeres (54,5%) que los hombres (45,5%). Y también compran más los que más leen: la población de 25-34 años, y especialmente los universitarios. Entre los motivos para comprar un libro, el 64% lo hace por entretenimiento, el 21% por motivos de estudios o trabajo, y el 14% para regalar. Lo que se compra es fundamentalmente novela. Al comprar, los criterios de elección son: el tema (41,5%), el autor (23,3%), el título (11,8%) y sólo el 9,9% por recomendación de un profesor.

En 1961, el inglés C.S. Lewis (1898- 1963), prolífico escritor, profesor universitario y crítico, escribió un breve ensayo sobre crítica literaria, La experiencia de leer, en el que sugería un novedoso experimento: si la función tradicional de la crítica ha sido la de juzgar libros, Lewis propone partir de la distinción entre lectores, con el fin de ver «hasta qué punto sería razonable definir un buen libro como un libro leído de determinada manera y un mal libro como un libro leído de otra manera». El experimento resulta clarificador, pues la manera de acercarse a la literatura de los lectores con sensibilidad literaria poco tiene que ver con la de los que recurren a ella «en última instancia», abandonándola «tan pronto como descubren otra manera de pasar el tiempo». Mientras que los buenos lectores «siempre están buscando tiempo y silencio para entregarse a la lectura, y concentran en ella toda su atención», los mediocres lectores «la reservan para viajes en tren, para las enfermedades, para los raros momentos de obligada soledad, o para la actividad que consiste en leer algo para conciliar el sueño».

Para Lewis, empleando una imagen pictórica, unos usan el arte y otros lo reciben.
En los que usan el arte, éste «no añade nada a nuestra vida y solo se limita a proporcionarle brillo, asistencia, apoyo o alivio». En el análisis del mal lector, Lewis traza en 1961 un retrato que define de manera muy acertada al lector más proclive a los best sellers que a la lectura de otro tipo de obras. Así, «salvo por obligación, nunca leen textos que no sean narrativos»; «no tienen oído. Solo leen con los ojos»; «tampoco son sensibles al estilo»; «les gustan las narraciones en las que el elemento verbal se reduce al mínimo»; «lo que piden son narraciones de ritmo rápido. Siempre debe estar sucediendo algo».

Enrique Marcos Pascual

 
 
 
     
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