La grandeza del amor en la educación de los hijos
[ 26 de septiembre de 2010 ]
 
 
 

Que duda cabe que el desarrollo físico e intelectual de nuestros hijos es muy importante, pero en este caso me voy a centrar en una breve reflexión de lo que significa para mi educar en adquisición de valores que les ayuden a madurar y ser felices. Este proceso de madurez abarca tanto el aspecto mental como el emocional y el social. Nos sentimos felices cuando tenemos paz interior, nos llevamos bien con los otros, con el mundo y con uno mismo. De estas relaciones la tercera es la más difícil de conseguir, de manera que cuando se alcanza, las otras dos surgen espontáneamente.

¿Qué significa llevarse bien con uno mismo? Conocer la verdad total de la persona junto con la actitud de lucha orientada hacia los valores que la perfeccionan, valores que están coronados por el amor.
Vivimos en una época y en una sociedad en las que los valores principales son el éxito y el dinero. Mucho exigimos a los jóvenes de hoy en cuanto a conocimientos prácticos, es decir que «sirvan para algo» o «para medrar cuanto más mejor». La competitividad a la que los sometemos es altísima y todos queremos que nuestros hijos sean los mejores, que sean más que los demás, que estudien, que sepan idiomas, informática, que hagan masters, cursos de todo tipo. Lo queremos en la familia y se lo exige la sociedad,

A la hora de acceder a un puesto de trabajo, sea del nivel y del tipo que sea las exigencias son muchas y muchos los aspirantes. Pero ante esta escala de valores que nos presenta la sociedad actual, ¿Dónde quedan el afecto, el amor, la comprensión, el perdón, la confianza, la amistad, el respeto, la solidaridad…? El primer gran valor que deberán aprender será a «amar» porque, cuando hemos aprendido a amar, lo hemos aprendido todo. Amar conlleva los valores más importantes del ser humano: olvido personal, generosidad, fortaleza, flexibilidad, comprensión, confianza, perdón, amistad, tolerancia, sinceridad, justicia, bondad…

La propia palabra «Valores» nos indica algo positivo, algo que vale la pena. La familia, es la escuela de valores donde se educan todos los que la integran. Es en la familia donde se crean vínculos afectivos, donde se quiere a cada uno por lo que es, con sus cualidades y sus defectos. Todos los padres queremos que nuestros hijos sean felices. Los hijos lo serán en la medida que vean que sus padres lo son. La mejor referencia es la vida de los padres. Los padres somos el espejo de convicciones donde se reflejan nuestros hijos. Por esto hemos de ser coherentes con lo que decimos y hacemos. Repetir demasiado los consejos puede resultar aburrido y poco motivador.

El testimonio es la clave para la transmisión de valores. En la familia el afecto de los padres hacia los hijos les da seguridad y confianza, la seguridad da autoestima y la autoestima da serenidad. Un ambiente sereno es de gran ayuda para una correcta integración social de los hijos. Se refleja en todas sus actitudes pero principalmente en la capacidad de perdonar, de disculpar. El rencor y la venganza sólo ayudan a destruir. El perdón es un punto esencial para ayudar a vivir la solidaridad y el respeto por los demás en una convivencia armónica. Enseñar a perdonar es colaborar con la paz. Un crecimiento físico equilibrado es muy importante, pero debe ser paralelo al crecimiento en madurez a través de la adquisición de valores.

En una primera etapa la educación en valores debe centrarse en el orden, la obediencia y la sinceridad. A partir de ellos crecerán los demás y serán la base de una vida feliz y equilibrada. Desde bien pequeños aprenden los niños del modelo que presentan sus padres a distinguir, cuando hay orden, lo que es correcto y lo que no lo es. En la educación es primordial la creación de hábitos. Los hábitos buenos conducirán a las virtudes, así como los malos conducirían a los vicios. Alguien escribió «El orden exterior ayuda a construir el orden interior»

En una etapa posterior y acorde con el crecimiento físico de los niños, el abanico de posibilidades se abre: fortaleza, perseverancia, laboriosidad, responsabilidad, paciencia, sociabilidad. Como se puede ver, todas ellas relacionadas con la principal actividad del niño, con su profesión: estudiar. Durante la adolescencia, el adolescente aprecia en alto grado la amistad y el cortejo de valores a ella asociados: lealtad, respeto, comprensión, confianza, ayuda. Sería muy apropiado proponerles el reto de humanizar la sociedad y el mundo del trabajo, impregnándolos de estos valores y el de reconstruir el auténtico significado del amor, con toda su grandeza y exigencia.

En definitiva, educar en valores es participar en un auténtico proceso de desarrollo y construcción personal de nuestros hijos construido desde la base del amor. Hago a los padres protagonistas de estas breves reflexiones y les planteo una última cuestión: en el mundo que nos ha tocado vivir, con una sociedad preocupada por el paro, la crisis económica, la inmigración, el terrorismo, la violencia juvenil…¿Cuál es la escala de valores que estamos transmitiendo a nuestros hijos? ¿Cuántas veces guardamos silencio en una conversación en la cual se ataca a nuestros valores, principios morales o religiosos para no ser tachados de retrógrados? Cada familia tiene su estilo y se planteará qué valores quiere transmitir. Estos se irán contagiando a los demás si nos esforzamos en vivir con alegría y constancia las cosas pequeñas de día a día. No se trata de hacer cosas grandes, sino de actuar empezando por nosotros mismos.

Yo como creyente quiero hacer una última puntualización: los valores se transforman en virtudes por el esfuerzo personal y la gracia que se recibe de Dios. Para una familia cristiana, el orden ideal será hacer vivir las virtudes humanas teniendo siempre presente a Dios.

Carmen Ochoa Grande

 
 
 
     
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